He de confesarlo. Si mañana se celebrasen elecciones no iría a votar. Me
quedaría en casa, incumpliendo lo que llevo defendiendo más de treinta
años: que el voto es la forma democrática de manifestar la preferencia y
no la calle. Por eso, no estando de acuerdo en muchas cosas con los
partidos que he votado, siempre he ido a votar. Alguna vez, de joven,
voté convencido; otras según el criterio de la opción menos mala;
últimamente sólo por una genérica razón de alternancia. Hoy,
sencillamente, no iría. Porque ya no confío en los políticos que nos
representan, incluso me cuestiono la utilidad de muchas de nuestras
instituciones.
No es ya que los líderes políticos no cumplan sus promesas electorales y
nos mientan. No es ya que estén más preocupados por su parcela de poder
que por los problemas reales de la ciudadanía. No es ya que no tengan
análisis y discurso y que nos quieran hacer comulgar con ruedas de
molino. No es, ni siquiera, que tengan unas orejeras ideológicas que les
impiden juzgar la realidad moderadamente, y se peleen como
adolescentes. No es ni siquiera que nos crean tontos, y nos traten más
como súbditos que les debemos pleitesía, que como ciudadanos libres con
derechos. No es que los ciudadanos paguemos con nuestros impuestos una
administración discrecional, ineficaz, que nos ahoga. No es ya que la
democracia formal que nos reconoce la Constitución esté lejísimos de la
democracia real que tenemos.
No, no es por esto por lo que dejaría de ir a votar. Porque comprendo
que los políticos construyan sus campañas sobre eslóganes, en las que lo
que importa no es tanto ofrecer algo razonable, sino ofrecer algo mejor
que el otro, por lo que puedo llegar a entender que hagan promesas que
no van a cumplir. Como comprendo que sólo atiendan a lo que les llega y
tengan una visión parcial de lo que pasa, que cometan errores y que
tengan diferencias de pensamiento, incluso llego a comprender que crean
que saben más que nosotros y que nos traten con soberbia y distancia,
porque todo esto está en la naturaleza humana. Como llego a explicarme
la imperfección del sistema de partidos, la de elección de candidatos,
la de representación política y la ineficacia de la administración,
porque no existen democracias perfectas y las burocracias son entidades
pesadas, costosas e ineficaces. Todo esto lo comprendo porque está en la
lógica de las limitaciones humanas: hay muchas cosas que no sabemos y
todos tenemos diferentes conocimientos, intereses, valores e
información. Soy consciente de que todo es perfectible, porque todo es
inevitablemente imperfecto.
Por lo que no iría a votar es por esa manifiesta falta de ética (y
estética) pública que la clase política española, desde la Familia Real
hasta algunos cargos públicos medios y en todos los partidos e
instituciones, está mostrando. Tráfico de influencias y enriquecimiento,
sobresueldos con dinero negro, financiación ilegal, sobornos, reparto
ilegal de dinero público, malversación, dilapidación, comisiones
ilegales e inmorales, transfuguismo, espionaje, traiciones, etc. Me
avergüenza (¿qué estamos diciéndole al mundo?), me escandaliza (¿qué
ejemplo estamos dándole a nuestros hijos?), me indigna y me hace
desconfiar de las instituciones la corrupción que padece nuestra
democracia. Como me hace desconfiar que no haya políticos que la
enfrenten, que los partidos amparen a los corruptos por ese sentido
"mafioso" que hace más importante el carnet que principios éticos o
políticos elementales. Porque si los políticos honrados (que los hay y
alguno conozco) no se enfrentan a la corrupción, ¿quién lo hará?,
¿tendremos que salir a la calle pidiendo que "se vayan todos"? La clase
política española está jugando con fuego, porque crisis y corrupción es
una mezcla altamente explosiva.
Por eso no quiero que haya elecciones ahora. No iría a votar porque no
sabría a quién. Y, puestos a confesar, no quiero elecciones ahora
porque... aún habita en mí una débil esperanza de que algo se mueva.
Aunque no sé bien qué.
Gabriel Mª Pérez Alcalá
Profesor
de Política Económica.
Diario Córdoba
18-02-2013
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