A los españoles nos
destrozaron la vida reyes, aristócratas, curas y generales. Bajo su dominio
discurrimos dando bandazos, de miseria en miseria y de navajazo en navajazo, a
causa de la incultura y la brutalidad que impusieron unos y otros. Para ellos sólo fuimos
carne de cañón, rebaño listo para el matadero o el paredón según las necesidades de cada
momento. Situación a la que en absoluto fuimos ajenos,
pues aquí nunca hubo inocentes.
Nuestros reyes, nuestros curas y nuestros generales eran de la misma madre que nos parió. Españoles, a
fin de cuentas, con corona, sotana o espada. Y todos, incluso los peores,
murieron en la cama. Cada pueblo merece la historia y los gobernantes que
tiene.
Ciertas cosas no han cambiado.
Pasó el tiempo en que los reyes nos esquilmaban, los curas regían la
vida familiar y social, y los generales nos hacían marcar el paso. Ahora vivimos
en democracia. Pero sigue siendo el nuestro un esperpento fiel a las
tradiciones. Contaminada de nosotros mismos, la democracia española es
incompleta y sectaria. Ignora el respeto por el adversario; y la incultura, la
ruindad insolidaria, la demagogia y la estupidez envenenan cuanto de noble hay
en la vieja palabra. Seguimos siendo tan
fieles a lo que somos, que a falta de reyes que nos desgobiernen, de curas que
nos quemen o rijan nuestra vida, de generales que prohíban
libros y nos fusilen al amanecer, hemos sabido dotarnos de una nueva casta que,
acomodándola al tiempo en que vivimos, mantiene viva la vieja costumbre de
chuparnos la sangre. Nos muerden los mismos perros infames, aunque con
distintos nombres y collares. Si antes eran otros quienes fabricaban a su
medida una España donde medrar y gobernar, hoy es la clase política la
que ha ido organizándose el cortijo, transformándolo a su imagen y semejanza, según sus
necesidades, sus ambiciones, sus bellacos pasteleos. Ésa es la nueva aristocracia española,
encantada, además, de haberse conocido. No hay más que verlos con sus corbatas
fosforito y su sonriente desvergüenza a mano derecha, con su inane gravedad de
tontos solemnes a mano izquierda, con su ruin y bajuno descaro los
nacionalistas, con su alelado vaivén mercenario los demás,
siempre a ver cómo ponen la mano y lo que cae. Sin rubor y sin tasa.
En España, la de
político debe de ser una de las escasas profesiones para la que no hace
falta tener el bachillerato. Se pone de manifiesto en el continuo rizar el
rizo, legislatura tras legislatura, de la mala educación, la
ausencia de maneras y el desconocimiento de los principios elementales de la
gramática, la sintaxis, los ciudadanos y ciudadanas, el lenguaje sexista o
no sexista, la memoria histórica, la economía, el derecho, la ciencia, la
diplomacia. Y encima de cantamañas, chulos. Osan pedir cuentas a la Justicia,
a la Real Academia Española o a la de la Historia, a cualquier
institución sabia, respetable y necesaria,
por no plegarse a sus oportunismos, enjuagues y demagogias. Vivimos en pleno
disparate. Cualquier paleto mierdecilla, cualquier leguleyo marrullero, son
capaces de llevárselo todo por delante por un voto o una legislatura. Saben que nadie
pide cuentas. Se atreven a todo porque todo lo ignoran, y porque le han cogido
el tranquillo a la impunidad en este país miserable, cobarde, que nada
exige a sus políticos pues nada se exige a sí mismo.
Nos han tomado perfectas las
medidas, porque la incultura, la cobardía y la estupidez no están reñidas con
la astucia. Hay imbéciles analfabetos con disposición natural a medrar y a
sobrevivir, para quienes esta torpe y acomplejada España es el
paraíso. Y así, tras la añada de políticos admirables que tanta esperanza nos dieron, ha tomado el relevo
esta generación de trileros profesionales que no vivieron el franquismo, la
clandestinidad ni la Transición, mediocres funcionarios de partido que
tampoco han trabajado en su vida, ni tienen intención de hacerlo. Gente sin el menor
vínculo con el mundo real que hay más allá de las siglas que los cobijan,
autistas profesionales que sólo frecuentan a compadres y cómplices,
nutriéndose de ellos y entre ellos. Salvo algunas escasas y dignísimas
excepciones, la democracia española está infestada de una gentuza que en
otros países o circunstancias jamás habría puesto sus sucias manos en el
manejo de presupuestos o en la redacción de un estatuto. Pero ahí están ellos:
oportunistas aupados por el negocio del pelotazo autonómico,
poceros de la política. Los nuevos amos de España.
3 de diciembre de 2006

No hay comentarios:
Publicar un comentario